Fabulas

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Estas palabras dieron mucho que pensar a Jack. Era un chico serio y no tenía intención de ponerse a bailar. Soportaba sus grilletes con hombría y cuidaba de sus llagas sin lamentaciones. Lo que le gustaba menos era que le engañasen o ver cómo engañaban a los demás. Empezó a esconderse entre las matas al caer la tarde, a la espera de que pasaran los paganos para poder hablar con ellos sin que nadie lo viese. Los viajeros se mostraban sumamente complacidos con las preguntas del muchacho agazapado al borde del camino y le ofrecían respuestas de mucha enjundia. Eso de llevar grilletes, le decían, no era una orden de Júpiter. Era una artimaña de una cosa de cara blanca, de un hechicero que vivía en ese país, en el bosque de Eld. Aquella criatura era, como Glauco, capaz de cambiar de forma, pero siempre se le reconocía, pues, cuando uno se cruzaba con él, gluguteaba como un pavo. Tenía tres vidas, si bien al tercer golpe se acababa con él definitivamente. Entonces, la casa donde practicaba sus conjuros se esfumaría, los grilletes caerían y los lugareños se cogerían de las manos y bailarían como niños.

—¿Y en tu país? —preguntaba Jack.

Sin embargo, todos los viajeros eludían de común acuerdo esta pregunta, y Jack comenzó a sospechar que no existía ningún país enteramente feliz. O, si lo había, la gente no salía de allí, lo cual era muy natural.


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