Fabulas
Fabulas Pero el asunto de los grilletes le pesaba mucho. Le obsesionaba ver a los niños cojeando y oír sus gemidos cuando les curaban las llagas. Y terminó por convencerse de que había nacido para liberarlos.
Había en su pueblo una espada forjada en los cielos, fraguada en el yunque de Vulcano. Sólo se usaba en el templo, y únicamente con la parte plana de la hoja. Colgaba de un clavo sobre la chimenea. Una noche, Jack se levantó, cogió la espada y salió de la casa y del pueblo en la oscuridad.
Pasó toda la noche caminando a la aventura y, cuando llegó el día, se topó con unos desconocidos que iban camino de los campos. Les preguntó dónde estaba el bosque de Eld y la casa del hechicero. Uno dijo que al Norte y el otro dijo que al Sur, y Jack comprendió que mentían. En lo sucesivo, cada vez que se cruzaba con un hombre le mostraba la refulgente hoja de la espada, a lo cual los grilletes del otro tintineaban y respondían por él. Y la respuesta era siempre: «Todo derecho». No obstante, cuando los grilletes hablaban, el hombre escupía a Jack, lo empujaba y lo apedreaba al alejarse, de tal suerte que el chico terminó con la cabeza escalabrada.