Fabulas

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Así llegó al mencionado bosque y en él se adentró, y vislumbró una casa en una hondonada donde crecían los hongos y los árboles se entrelazaban y los vapores de la ciénaga ascendían por el aire como el humo. La casa era bonita y muy laberíntica. Algunas partes eran tan antiguas como los montes, mientras que otras parecían de ayer mismo y estaban sin terminar. Todos los extremos de la construcción estaban abiertos y se podía entrar desde cualquier lado. En todo caso, la vivienda se hallaba en buen estado y salía humo de todas las chimeneas.

Jack entró por el tejado y fue encontrando una sucesión de habitaciones, todas vacías, aunque parcialmente amuebladas, de manera que resultasen habitables. En todas ellas ardía un fuego junto al que un hombre podía calentarse y en todas había una mesa dispuesta para que pudiese comer. Sin embargo, Jack no vio ni un alma: sólo algunos cadáveres disecados.

«Es una casa muy acogedora —pensó—, aunque parece construida sobre un lodazal, pues tiembla a cada paso».

Llevaba un rato en la casa cuando empezó a tener hambre. Se fijó en la comida y al principio tuvo miedo. Pero desenvainó la espada, y al fulgor del metal le pareció que la comida era de fiar. Así pues se armó de valor para sentarse y comer, y al instante se sintió renovado en cuerpo y alma.


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