Fabulas
Fabulas —Aquà es donde venimos —dijo el Rey—. A la casa de un Rey que es sacerdote, una casa en la que aprenderéis mucho.
A las puertas del castillo salió a recibirlos el Rey que era sacerdote y un hombre muy circunspecto, acompañado de su hija, que era rubia como el alba y sonreÃa sin levantar la vista del suelo.
—Éstos son mis dos hijos —dijo el Rey.
—Y ésta es mi hija —dijo el Rey que era sacerdote.
—Es una joven de extraordinaria belleza —dijo el primer Rey— y me agrada su manera de sonreÃr.
—Y sus hijos son jóvenes de excelente constitución, y me agrada su seriedad —dijo el segundo Rey.
A esto, los dos reyes se miraron el uno al otro y dijeron:
—PodrÃa ser.
Y al mismo tiempo los dos jóvenes miraron a la muchacha, palideciendo el uno y sonrojándose el otro. Y la muchacha sonrió sin apartar la vista del suelo.
—Me casaré con esta muchacha —dijo el hermano mayor—, pues creo que me ha sonreÃdo.
El menor tiró a su padre de la manga y dijo:
—Padre, permÃteme una palabra al oÃdo. Si gozo de tu favor, ¿podrÃa casarme con esta joven, pues creo que me ha sonreÃdo?