Fabulas

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—Permíteme otra a mí —dijo su padre—. El buen cazador sabe esperar y en boca cerrada no entran moscas.

Pasaron al castillo para disfrutar de un banquete. Tan grande era la morada que los dos hermanos estaban impresionados. El Rey que era sacerdote se sentó a un extremo de la mesa y guardó silencio, de tal suerte que inspiró en los muchachos un hondo respeto. La muchacha sirvió la comida, sonriendo, con la mirada baja, y los hermanos sintieron cómo se ensanchaban sus corazones.

Antes de que saliera el sol, el mayor de los hijos se levantó y encontró a la muchacha ante su telar, pues era una joven muy diligente.

—Muchacha —dijo—, de buen grado me casaría contigo.

—Tendrás que hablar con mi padre —respondió ella, y bajó la vista, sonriendo, y se transformó en una rosa.

«Su corazón está conmigo», pensó el hijo mayor. Y bajó a orillas del lago y allí se puso a cantar.

Poco después llegó el hermano menor.

—Muchacha —dijo—, si nuestros padres dan su consentimiento, me gustaría casarme contigo.

—Puedes hablar con mi padre —dijo ella, y bajó la vista, sonriendo, y se convirtió en una rosa.


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