Fabulas
Fabulas «Es una hija obediente —pensó el hermano menor—. Será una esposa obediente». Y acto seguido se preguntó: «¿Qué debo hacer?» Y recordó que el padre de la muchacha era un sacerdote, de manera que entró en el templo y allà sacrificó una comadreja y una liebre.
Se propagó la noticia, y los dos jóvenes, junto con su padre, fueron llamados a presencia del Rey que era sacerdote, a quien encontraron sentado en su trono.
—En poco estimo las riquezas —dijo el Rey que era sacerdote— y en poco el poder. Pues vivimos entre las sombras de las cosas y nuestro corazón se harta de verlas. Y nos quedamos a merced del viento como ropa tendida, y el corazón se cansa del viento. Pero hay una cosa que sà aprecio, y es la verdad. Y sólo a cambio de una cosa ofreceré a mi hija, y es la piedra que prueba la verdad. Pues a la luz de esa piedra, las apariencias se desvanecen y se revela el ser y todo lo demás carece de valor. Asà pues, muchachos, si deseáis casaros con mi hija, salid y traedme la piedra de toque, pues ése es el precio que hay que pagar por ella.
—PermÃteme una palabra —le dijo a su padre el hermano menor—. Yo creo que podemos pasarnos muy bien sin esa piedra.
—PermÃteme otra a mà —dijo su padre—. Soy de tu misma opinión, pero en boca cerrada no entran moscas. —Dicho lo cual le sonrió al Rey que era sacerdote.