Fabulas
Fabulas —Ya veo que el autor le está dando mucha cuerda —señaló el Capitán—. Pero eso no puede cambiar las convicciones de un hombre. Sé que el autor me respeta: lo noto en los huesos. Cuando usted y yo tuvimos esa conversación en la puerta del fortÃn, ¿de qué lado cree que se puso el autor, amigo mÃo?
—¿Y a mà no me respeta? —protestó Silver—. ¡TendrÃa que haberme oÃdo sofocando el motÃn: a George Merry y a Morgan y a todos los demás! ¡Y hace sólo un momento, en el capÃtulo anterior! ¡Se habrÃa enterado de lo que es bueno! ¡HabrÃa visto lo que el autor piensa de mÃ! Pero, dÃgame una cosa, ¿de verdad se tiene usted por un personaje virtuoso de la cabeza a los pies?
—¡Dios no lo quiera! —exclamó el Capitán solemnemente—. Soy un hombre que procura cumplir con su deber y a veces lo enreda todo. Me temo que en casa no soy muy popular, Silver —suspiró el Capitán.
—Ya —dijo Silver—. ¿Y qué me dice de esta segunda parte de la historia? ¿Seguirá siendo usted el capitán Smollet, como siempre, y no muy popular en casa, como bien dice? En tal caso, ¿por qué truenos repite La isla del tesoro? Yo seguiré siendo John el Largo, y Pew seguirá siendo Pew. Y ya verá como tenemos otro motÃn. ¿O será usted un personaje distinto en esta ocasión? Y en tal caso, ¿por qué? ¿Acaso es usted mejor por eso? ¿Y soy yo peor?
