La Flecha negra
La Flecha negra
HABÍA LLEGADO el momento de correr. Por todos lados subía ya la colina la partida de la Flecha Negra. Algunos, porque eran mejores corredores o podían ascender por sitios más rasos, habían avanzado más que otros y se hallaban muy cerca de su meta; los demás, siguiendo por los valles, se habían esparcido a derecha e izquierda y tenían flanqueados a los muchachos por ambos lados.
Dick se precipitó en la espesura más próxima. Era un alto robledal, de terreno firme y limpio de maleza, por el cual, al extenderse cuesta abajo, corrieron a gran velocidad. Venía luego un claro, que evitó Dick, manteniéndose a la izquierda del mismo. Diez minutos después surgió el mismo obstáculo, ante el cual siguieron igual procedimiento. Mientras los muchachos torcían siempre hacia la izquierda, acercándose cada vez más al camino real y al río que una o dos horas antes habían cruzado, la mayor parte de sus perseguidores se inclinaban hacia el lado opuesto y corrían en dirección a Tunstall.
Los muchachos se detuvieron a respirar. Ningún ruido se oía que indicase que los perseguían. Dick aplicó el oído a tierra, mas siguió sin oír nada; sin embargo, como el viento agitaba los árboles, era imposible averiguar nada con certeza.
