La Flecha negra

La Flecha negra

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—¡Caramba! —gritó—. ¡Ésa sí que es una noticia! Entre dos siempre habrá uno más fuerte. Si el más recio derriba al débil, éste recibirá su merecido. Lo que tú te mereces, master Jack, son unos buenos azotes por tu mala conducta y por tu ingratitud para conmigo; y puesto que lo mereces, lo tendrás.

Y Dick, que hasta en los momentos en que más encolerizado estaba sabía conservar una apariencia de serenidad, comenzó a desabrocharse el cinturón.

—Ésta será tu cena —dijo, ceñudo.

Matcham no lloraba ya; estaba blanco como la cera. Pero miraba a Dick con firmeza a la cara y permanecía inmóvil. Blandiendo el cinturón de cuero, Dick avanzó un paso. Entonces se detuvo, desconcertado al ver aquellos grandes ojos que le miraban de hito en hito y ante el demacrado y fatigadísimo rostro de su compañero.

—Dime entonces que estabas equivocado —murmuró débilmente.

—¡No! —exclamó Matcham—. Yo tengo razón. ¡Anda, cruel! Estoy cojo… estoy rendido… no me resisto… jamás te hice ningún daño, pero tú… ¡Pégame, cobarde!

Levantó Dick el cinto ante esta última provocación, pero al ver que Matcham retrocedía encogido con expresión de temor, de nuevo le faltó valor. Cayó de su mano la correa y quedó indeciso, como atontado.


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