La Flecha negra
La Flecha negra —¡Mala peste te lleve! —dijo—. ¡Si tan débil de manos eres, más cuidado debieras tener con la lengua! Pero asà me ahorquen que no he de ser yo quien te pegue. —Y se ciñó de nuevo el cinturón—. No te pegaré, no —añadió—; pero lo que es perdonarte…, eso nunca. Yo no te conocÃa; tú eras el enemigo de mi amo; yo te presté mi caballo y devoraste mi comida; y me has llamado insensible, cobarde y bravucón. ¡Has colmado la medida hasta rebosarla! Gran cosa es ser débil, según veo. Puedes hacer todo el mal que quieras, que nadie te castigará; puedes robar a un hombre sus armas en un momento de necesidad, que, sin embargo, ese hombre no intentará recuperarlas… ¡Claro! ¡Eres tan endeble! Entonces… si alguien te acometiera con una lanza, al mismo tiempo que gritaba que es débil, deberÃas dejar que este hombre débil te atravesase de parte a parte. ¡Vaya! ¡No hablemos más de tales necedades!
—Y a pesar de todo, no me pegas… —repuso Matcham.