La Flecha negra
La Flecha negra —Dejemos eso —replicó Dick—. Voy a tener que enseñarte muchas cosas. Eres muy mal educado, por lo que veo. Sin embargo, hay en ti algo bueno, y desde luego no hay duda de que me salvaste allà en el rÃo. ¿Ves? Ya se me habÃa olvidado. Soy tan desagradecido como tú. Pero, ven acá: sigamos andando. Si hemos de llegar a Holywood esta noche, o mañana temprano, mejor es que nos pongamos en marcha a toda prisa. Pero aunque Dick habÃa recobrado su habitual buen humor, Matcham no le perdonaba nada de lo ocurrido. Su violencia, el recuerdo del hombre a quien habÃa dado muerte y, sobre todo, la visión de la correa en alto amenazándole, eran cosas que no podÃa olvidar fácilmente.
—Por pura fórmula te daré las gracias —dijo Matcham—. Pero en verdad, master Shelton, que preferirÃa buscar yo solo mi camino. Aquà está el ancho bosque; elijamos cada uno nuestra senda. Ya sé que te debo una comida y una lección. ¡Adiós!
—¡Si ése es tu deseo —gritó Dick—, que el diablo te lleve!
Tomó cada uno dirección distinta, comenzando a andar separados, sin cuidar del rumbo que seguÃan, atentos sólo a su reyerta. Pero aún no se habÃa alejado Dick diez pasos, cuando oyó pronunciar su nombre y vio que Matcham volvÃa tras él.