La Flecha negra
La Flecha negra —Dick —le dijo—: No está bien que nos separemos tan frÃamente. Ésta es mi mano y en ella pongo mi corazón. Por lo que me has ayudado, y no por pura fórmula, sino de todo corazón, te doy las gracias. ¡Qué la suerte te acompañe, adiós!
—Bien, muchacho —respondió Dick, estrechando la mano que Matcham le tendÃa—. Que salgas con bien te deseo, si eres capaz de ello. Pero lo dudo: te gusta demasiado discutir.
Se separaron por segunda vez; pero finalmente fue Dick el que corrió en busca de Matcham.
—Escucha —le dijo—: Toma mi ballesta; no vayas desarmado.
—¡Tu ballesta! —exclamó Matcham—. No, muchacho; no tengo fuerza para tensar el arco, ni sabrÃa apuntar con ella. De nada me servirÃa, mi buen muchacho. De todos modos, gracias.
HabÃa cerrado la noche, y bajo los árboles, ninguno podÃa leer en el rostro del otro.
—Te acompañaré un rato —dijo Dick—. La noche está oscura. Quisiera dejarte en el camino, por lo menos. Tengo miedo por ti; temo que puedas perderte.