La Flecha negra
La Flecha negra Comenzó a avanzar y Matcham le siguió una vez más. La oscuridad iba en aumento; tan sólo en los sitios despejados se veÃa el cielo, salpicado de estrellitas. Se percibÃa débilmente, a lo lejos, el rumor producido por la derrota del fugitivo ejército de Lancaster. Pero a cada paso lo dejaban más a su espalda.
Al cabo de media hora de silenciosa marcha, llegaron a una ancha franja de brezos que formaba un claro. Al tenue resplandor de las estrellas brillaba vagamente, como afelpado por los abundantes helechos y con islotes de tejos agrupados. Allà se detuvieron y entonces se miraron uno a otro.
—¿Estás cansado? —preguntó Dick.
—SÃ; tanto —respondió Matcham—, que de buena gana me echarÃa aquà y me dejarÃa morir.
—Oigo el murmullo de un rÃo —dijo Dick—. Vamos hasta allÃ, porque me muero de sed.
DescendÃa suavemente el terreno, y, en efecto, en el fondo hallaron un riachuelo que corrÃa por entre sauces. Se tendieron de bruces junto a la orilla, y, aplicando la boca al agua de un remanso tachonado de estrellas, bebieron hasta hartarse.
—Dick —dijo Matcham—, me es imposible continuar… No puedo más.
—Al bajar vi una hondonada —dijo Dick—. Vamos allà y nos echaremos a dormir.
—¡SÃ, con toda el alma! —exclamó Matcham.