La Flecha negra
La Flecha negra La hondonada era arenosa y seca; de uno de los bordes colgaban unas zarzas formando una especie de refugio; allí se tendieron los dos muchachos, apretados uno contra otro para lograr un poco de calor, olvidada ya la pasada disputa. Pronto el sueño cayó sobre ellos cual pesada nube y, bajo el rocío y al resplandor de las estrellas, descansaron plácidamente.