La Flecha negra

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7. El encapuchado

SE DESPERTARON antes de rayar el día; no sonaba aún el cantar de los pajarillos, pero se oían ya sus gorjeos entre la fronda. No había salido aún el sol; mas hacia el este el cielo se teñía de majestuosos colores. Medio muertos de hambre y rendidos de cansancio, yacían inmóviles, sumidos en deliciosa lasitud. Así estaban cuando, de pronto, llegó a sus oídos el tañido de una campana.

—¿Una campana? —exclamó Dick, incorporándose—. ¿Tan cerca estamos de Holywood?

Repicó de nuevo la campana, pero esta vez más cerca; y luego, acercándose cada vez más, volvió a sonar, con interrupciones, a lo lejos, en el silencio de la mañana.

—¿Qué significará esto? —murmuró Dick, despierto ya.

—Es alguien que camina —observó Matcham—, y la campana toca cada vez que se mueve.

—Ya lo veo —dijo Dick—. Pero ¿por qué motivo? ¿Qué hace esa persona en el bosque de Tunstall? Jack —añadió—, ríete de mí si quieres, pero maldita la gracia que me hace ese sonido tan profundo.

—Sí —corroboró Matcham, estremeciéndose—. Lo cierto es que tiene un tono lúgubre… Si no fuese ya de día…


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