La Flecha negra
La Flecha negra
SE DESPERTARON antes de rayar el dÃa; no sonaba aún el cantar de los pajarillos, pero se oÃan ya sus gorjeos entre la fronda. No habÃa salido aún el sol; mas hacia el este el cielo se teñÃa de majestuosos colores. Medio muertos de hambre y rendidos de cansancio, yacÃan inmóviles, sumidos en deliciosa lasitud. Asà estaban cuando, de pronto, llegó a sus oÃdos el tañido de una campana.
—¿Una campana? —exclamó Dick, incorporándose—. ¿Tan cerca estamos de Holywood?
Repicó de nuevo la campana, pero esta vez más cerca; y luego, acercándose cada vez más, volvió a sonar, con interrupciones, a lo lejos, en el silencio de la mañana.
—¿Qué significará esto? —murmuró Dick, despierto ya.
—Es alguien que camina —observó Matcham—, y la campana toca cada vez que se mueve.
—Ya lo veo —dijo Dick—. Pero ¿por qué motivo? ¿Qué hace esa persona en el bosque de Tunstall? Jack —añadió—, rÃete de mà si quieres, pero maldita la gracia que me hace ese sonido tan profundo.
—Sà —corroboró Matcham, estremeciéndose—. Lo cierto es que tiene un tono lúgubre… Si no fuese ya de dÃa…
