La Flecha negra
La Flecha negra En aquel sendero, surgiendo de los linderos del bosque, apareció una figura blanca. Se detuvo unos momentos, como para mirar en torno suyo; luego, con paso lento y casi doblado el cuerpo, se fue aproximando a través del brezal. A cada paso que avanzaba, sonaba la campana. No se le veÃa la cara: una blanca capucha, ni siquiera agujereada al nivel de los ojos, le cubrÃa la cabeza; y cuando aquella criatura se movÃa, parecÃa ir tanteando el camino, golpeando ligeramente el suelo con su bastón. Un miedo mortal heló la sangre en el cuerpo de los dos muchachos.
—¡Un leproso! —exclamó Dick con ronco acento.
—¡Su contacto es la muerte! —dijo Matcham—. Corramos.
—No —repuso Dick—. ¿No lo ves?… Está ciego. Se guÃa con su bastón. Quedémonos quietos; el viento sopla hacia el sendero y pasará de largo sin hacernos daño. ¡Pobre desgraciado! ¡Debiéramos tenerle lástima!
—Yo se la tendré cuando haya pasado —replicó Matcham.