La Flecha negra

La Flecha negra

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El ciego leproso se hallaba ya en la mitad del camino que le faltaba para llegar frente a ellos. Salió entonces el sol, que iluminó de lleno el velado rostro. De elevada estatura había sido el hombre antes de que la repugnante enfermedad encorvase su cuerpo; y aun ahora andaba con paso firme. El lúgubre tañido de la campana, el acompasado ruido de su bastón, la opaca pantalla que cubría su semblante y la certidumbre de que no sólo estaba condenado a muerte y a constante sufrimiento, sino que para siempre le estaba vedado todo contacto con sus prójimos, llenaban de espanto el corazón de los muchachos, y a cada paso que iba acercando al caminante, parecían abandonarles más el valor y las fuerzas.

Al llegar al nivel de la hondonada, el hombre se detuvo y volvió la cara hacia los muchachos.

—¡Qué la Virgen María nos proteja! ¡Nos está viendo! —murmuró Matcham.

—¡Calla! —susurró Dick—. No hace más que escuchar. ¡Está ciego, tonto!




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