La Flecha negra
La Flecha negra El leproso se quedó mirando o escuchando, sea lo que fuere lo que realmente hiciese, durante unos segundos. Luego echó a andar de nuevo, pero enseguida volvió a pararse y a volverse, de tal modo que parecía estar mirando a los dos muchachos. El mismo Dick palideció entonces y cerró los ojos, como si por el mero hecho de verle pudiera contagiarse. Pero pronto volvió a sonar la campana, y esta vez, ya sin ninguna vacilación, el leproso cruzó el resto del brezal y desapareció en la espesura.
—¡Nos ha visto! —dijo Matcham—. ¡Podría jurarlo!
—¡Silencio! —ordenó Dick, recobrando un asomo de la perdida serenidad—. No hizo más que oírnos. Tenía miedo, ¡el pobre desgraciado! Si tú fueras ciego y anduvieses rodeado de las tinieblas de una noche eterna, también te alarmarías al solo crujido de una rama o por el piar de un pájaro.
—Dick, mi buen Dick, nos ha visto —repitió Matcham—. Cuando alguien escucha, no hace lo que ha hecho ese hombre; obra de otro modo, Dick. Éste veía; no escuchaba. Tenía malas intenciones. ¡Fíjate, si no lo crees, en si vuelves a oír sonar la campana ahora!
No se equivocaba: la campana no volvió a sonar más.
—No me gusta eso —dijo Dick—. No, no me gusta ni pizca. ¿Qué puede significar? ¡Sigamos adelante!