La Flecha negra

La Flecha negra

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—Él siguió hacia el este —advirtió Matcham—. Dick, vámonos en línea recta hacia el oeste. ¡No estaré tranquilo hasta haber vuelto la espalda a ese leproso!

—No seas tan cobarde, Jack —replicó su compañero—. Iremos sin rodeos a Holywood, o cuando menos lo más directamente que pueda guiarte, y para ello tomaremos hacia el norte.

Se pusieron en pie enseguida, atravesaron la corriente, saltando de piedra en piedra, y comenzaron a ascender por el lado opuesto, que era más escarpado, hacia los linderos del bosque. El terreno era cada vez más desigual, lleno de montículos y hondonadas; crecían los árboles esparcidos o por grupos; era difícil elegir la senda, y los muchachos marchaban un poco a la ventura. Además, estaban fatigados y caminaban penosamente, arrastrando los pies por la arenosa tierra.

Finalmente, al llegar a la cima de un otero, se percataron de que, a unos cien pies frente a ellos, cruzaba el leproso una hondonada, precisamente por el camino que habían de seguir ellos mismos. Ya no hacía sonar la campana, no tanteaba con su bastón la tierra para guiarse, y avanzaba con el paso rápido y firme de un hombre que ve perfectamente. Un momento después, desapareció en la espesura.


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