La Flecha negra
La Flecha negra Al primer atisbo de aquella figura, los dos muchachos se habÃan agachado tras unas matas de retama, y allà permanecieron sobrecogidos de espanto.
—Nos persigue —exclamó Dick—. ¿Viste cómo sujetaba el badajo de la campana para que no sonara? ¡Que el cielo nos ayude, pues no me siento con fuerzas para luchar contra esa pestilencia!
—Pero ¿qué hace? —exclamó Matcham—. ¿Qué quiere? ¿Quién oyó jamás que un leproso, por pura maldad, persiguiera a dos muchachos desgraciados? ¿No lleva la campana para que la gente pueda alejarse de él? Dick, esto encierra un misterio.
—¡No me importa! —gimió Dick—. Las fuerzas me han abandonado, mis piernas flaquean… ¡Que el cielo me proteja!
—Pero ¿te vas a quedar ahà sin hacer nada? —le gritó Matcham—. Regresemos al claro. Nuestra posición será mejor y no podrá pillarnos desprevenidos.
—No, no haré tal cosa —replicó Dick—. Ha llegado mi hora. Y acaso nos pase de largo.
¡Entonces móntame el arco! —exclamó Matcham—. ¡Vamos! ¿Eres un hombre o no lo eres?
Dick se santiguó.