La Flecha negra
La Flecha negra —¿QuerrÃas que disparase sobre un leproso? La mano no me obedecerÃa. ¡No, no —añadió—; déjalo! Con un hombre sano sà lucharÃa; pero no con fantasmas ni leprosos. Lo que es éste no lo sé; pero sea uno u otro, ¡que el cielo nos proteja!
—Bien —dijo Matcham—; si ése es el valor de un hombre, ¡bien poca cosa es un hombre! Pero ya que nada quieres hacer, ocultémonos.
Se oyó entonces una sola y sorda campanada.
—¡Se le ha escapado el badajo! —cuchicheó Matcham—. Pero ¡cielos, qué cerca está!
Dick no pronunció una sola palabra. De puro terror sus dientes casi castañeteaban.
Pronto vieron asomar por entre unos matorrales un pedazo de la blanca vestidura; luego, la cabeza del leproso apareció tras un tronco, y pareció escudriñar en torno con la mirada, antes de retirarse de nuevo. Para sus nervios en tensión, toda la maleza se hallaba poblada de ruidos y crujir de ramas, y el corazón les saltaba con tal fuerza en el pecho que oÃan sus latidos.