La Flecha negra

La Flecha negra

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De pronto, lanzando un grito, apareció el leproso en el claro inmediato y corrió en línea recta hacia los muchachos. Entonces los dos se separaron dando alaridos, y comenzaron a correr en distintas direcciones. Pero su horrible enemigo se apoderó muy pronto de Matcham, lo arrojó violentamente al suelo y al instante lo hizo prisionero. El muchacho lanzó un alarido que resonó por todo el bosque, se resistió luchando frenéticamente y de pronto desmayaron todos sus miembros y cayó inerte en brazos de su aprehensor.

Dick oyó el grito y se volvió. Vio caer a Matcham y en un instante se avivaron en él el ánimo y las fuerzas perdidas. Con un alarido mezcla de ira y de piedad, descolgó y montó su ballesta. Pero antes de que le diese tiempo a disparar, el leproso alzó una mano.

—¡No dispares, Dick! —le gritó una voz que le era conocida—. ¡No dispares, loco! ¿No conoces a tus amigos?

Y colocando a Matcham sobre el césped, se quitó del rostro su capucha y aparecieron las facciones de sir Daniel Brackley.

—¡Sir Daniel! —exclamó Dick.

—¡Sí! El mismo; sir Daniel —replicó el caballero—. ¿Ibas a disparar sobre tu tutor, so granuja? Mas ahí está ése… ése. —Y aquí se interrumpió para preguntar, señalando a Matcham—: ¿Cómo le llamas, Dick?


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