La Flecha negra
La Flecha negra —¿Qué me indujo a ello? —exclamó—. ¡Haces bien en recordármelo! ¿Qué? Pues el esconderme, para salvar la vida, en mi propio bosque de Tunstall. Mal parados salimos en la batalla; tan sólo llegamos a tiempo de ser barridos en la derrota. ¿Dónde están mis mejores hombres de armas? ¡No lo sé, Dick! Nos han barrido, nos han acribillado; no he visto a un solo hombre que llevase mis colores desde que vi caer a tres. En cuanto a mÃ, llegué a salvo a Shoreby, y, acordándome de la Flecha Negra, me procuré este sayo y esta campana y paso a paso, callandito, me vine por el sendero que va a Moat House. No hay disfraz que pueda compararse a éste; el eco de esta campana hubiera ahuyentado al bandido más valiente del bosque; todos palidecerÃan al oÃrla. Al fin me encontré contigo y con Matcham. VeÃa muy mal a través de esta capucha; no estaba seguro de que fueras tú, y grande mi asombro al encontraros juntos. Además, al atravesar el claro, por donde habÃa de pasar lentamente y golpear con mi bastón, temÃa descubrirme. Pero, mira, ya empieza a volver en sà este desgraciado. Un sorbo de vino canario le reanimará.
Levantándose el largo sayo, el caballero sacó una gruesa botella que bajo él llevaba y comenzó a frotar las sienes y a humedecer los labios del paciente, que, gradualmente, recobraba el conocimiento y posaba sus turbios ojos sobre uno y otro.