La Flecha negra
La Flecha negra —¡AnÃmate, Jack! —le dijo Dick—. ¡No era un leproso, sino sir Daniel! ¡MÃralo!
—Tómate un buen trago de esto —añadió el caballero—. Esto te dará virilidad. Después os daré a los dos de comer, y juntos nos iremos a Tunstall. Pues en conciencia he de confesar, Dick —prosiguió, colocando pan y carne sobre la hierba—, que estoy deseando con toda mi alma verme sano y salvo entre cuatro paredes. Desde que monto a caballo jamás me he visto en un apuro semejante; mi vida en peligro, expuesto a perder mis tierras y mi hacienda, y, para colmo, todos esos vagabundos de los bosques tratando de darme caza. Pero todavÃa no estoy perdido. Algunos de mis muchachos se reunirán conmigo camino de casa. Hatch llevaba diez hombres y Selden seis. ¡Ah, pronto volveremos a ser fuertes! ¡Y si logro negociar la paz con mi muy afortunado e indigno señor de York, entonces, Dick, volveremos a ser hombres y a montar a caballo!
El caballero llenó de vino canario su vaso de cuerno y brindó con mudo ademán a la salud de su pupilo.
—Selden —dijo Dick, titubeando—, Selden… —Y se quedó callado.
Sir Daniel bajó su vaso de vino sin probarlo.
—¡Cómo! —gritó con voz alterada—. ¿Selden? ¡Habla, habla! ¿Qué le pasa a Selden?
Tartamudeando Dick le relató la emboscada y la matanza.