La Flecha negra
La Flecha negra Le oyó en silencio el caballero; pero mientras escuchaba, iba encendiéndose en ira y entristeciéndose hasta quedarse como convulso.
—¡Bien! —gritó al fin—. ¡Por mi mano derecha juro que he de vengarlos! Y si, dejo de hacerlo, si por cada uno de mis hombres no doy muerte a diez, que me arranquen esta mano del cuerpo. A Duckworth lo destruà yo como el que quiebra un junco, le sumà en la ruina, incendié hasta el techo de su casa, le arrojé de este paÃs, ¿y ha de venir ahora a subÃrseme a las barbas? ¡No, Duckworth; esta vez seré más inflexible!
Se quedó en silencio un rato, en que sólo por gestos manifestaba su cólera.
—¡Comed! —gritó de pronto—. Y tú —añadió dirigiéndose a Matcham—: Júrame que me seguirás hasta Moat House.
—Os lo prometo por mi honor.
—¿Y qué me importa a mà tu honor? —exclamó el caballero—. ¡Júramelo por la salud de tu madre!
Matcham pronunció su juramento y sir Daniel volvió a cubrirse el rostro con la capucha y preparó la campana y el báculo. Al contemplarle, una vez más, con aquel espantoso disfraz, sus dos compañeros sintieron renacer la impresión de horror; pero el caballero se puso en pie sin pérdida de tiempo.
—Comed deprisa —ordenó—, y seguidme inmediatamente hasta mi casa.