La Flecha negra

La Flecha negra

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Diciendo así, se puso de nuevo en marcha hacia el bosque, y comenzó a hacer sonar la campana, como contando sus pasos, mientras los dos amigos, sentados junto a la comida, no gustada todavía, oyeron desvanecerse lentamente el sonido en la lejanía.

—¿De modo que vas a Tunstall? —preguntó Dick.

—Sí, voy. ¿Qué remedio me queda? Soy más valiente a espaldas de sir Daniel que en su presencia.

Comieron apresuradamente y tomaron después por el sendero, siguiendo la parte alta del bosque, donde las grandes hayas se elevaban entre los verdes prados y los pájaros y las ardillas retozaban sobre las ramas. Dos horas después comenzaban a descender por la ladera opuesta, y ya entonces divisaron, entre las cimas de los árboles, las rojas paredes y los techos del castillo de Tunstall.

—Aquí —dijo Matcham deteniéndose— vas a despedirte de tu amigo Jack, a quien no volverás a ver más. Ven, Dick, y perdónale todo el mal que te hizo, que él por su parte te lo perdona de todo corazón.

—¿Y eso por qué? —preguntó Dick—. Si los dos vamos hacia Tunstall, me parece que he de volver a verte, y con bastante frecuencia.


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