La Flecha negra
La Flecha negra —¿Qué os dije yo, master Shelton? —exclamó Hatch al fin—. ¿Qué os dije yo? Asà desapareceremos todos; Selden, un hombre hábil, para mà era como un hermano. ¡Pues bien: ha sido el segundo que ha partido y tras él iremos todos! Porque ¿qué decÃan aquellos malditos versos? «Una flecha negra por cada maldad». ¿No era esto lo que decÃan? Appleyard, Selden, Smith y el viejo Humphrey se nos han ido, y allá está el pobre John Carter, pidiendo a gritos un confesor, el desdichado pecador.
Dick se puso a escuchar. Desde una ventana baja, muy cerca de donde estaban hablando ellos, llegaban a su oÃdo gemidos y susurros.
—¿Está ah� —preguntó.
—SÃ, en el cuarto de la segunda guardia —contestó Hatch—. No pudimos llevarle más lejos; tan mal estaba ya, en cuerpo y alma. A cada escalón que le subÃamos, creÃa morirse. Mas ahora creo yo que es su alma la que sufre. Pide, sin cesar, un cura, y sir Oliver, no sé por qué, no llega todavÃa. Larga va a ser su confesión, pero Appleyard y Selden, los pobres, murieron sin ella.
Dick se asomó a la ventana y miró hacia el interior. La reducida celda era baja de techo y sombrÃa; sin embargo, distinguió al soldado herido sobre el mÃsero lecho.