La Flecha negra
La Flecha negra —DecÃs lo que no tenéis intención de hacer, master Dick —exclamó Carter con toda calma—. Mal está amenazar a un moribundo y, en verdad, mal os sienta. Pero si poco habla en vuestro favor, de menos os servirá. Quedaos, si gustáis. Condenaréis mi alma… ¡pero no averiguaréis nada! Esto es todo cuanto he de deciros.
Y el herido se volvió del otro lado.
Verdaderamente, Dick habÃa hablado con precipitación y se sentÃa avergonzado de su amenaza. Pero intentó un último esfuerzo.
—Carter —exclamó—: No me has comprendido. Sé perfectamente que fuiste un instrumento en manos de otros; el vasallo ha de obedecer a su señor; no quiero culpar a nadie. Pero, por muchas partes, empiezo a saber que sobre mi juventud e ignorancia pesa el deber de vengar a mi padre. Por eso te suplico, amigo Carter, que olvides mis amenazas, y que con sinceridad y contrición me digas algo que pueda ayudarme.
Carter guardó silencio; por mucho que insistió Dick, no pudo arrancarle una sola palabra.
—Muy bien —exclamó Dick—. Voy a llamar al cura, como deseas; pues sean las que fueren tus deudas para conmigo o los mÃos, no quisiera yo tenerlas con nadie, y menos con quien se halla en el tránsito de la muerte.