La Flecha negra
La Flecha negra —Precisamente allá voy, mi buen Richard —contestó el clérigo—. Es el pobre Carter… Desgraciadamente, no tiene remedio.
—Más enfermo del alma está que del cuerpo —repuso Dick.
—¿Le has visto? —preguntó sir Oliver con visible sobresalto.
—De allà vengo —respondió Dick.
—¿Qué te dijo?… ¿Qué te dijo? —exclamó el cura, con extraordinaria vehemencia y cierta acritud.
—No hizo más que llamaros de un modo que daba lástima, sir Oliver. ConvendrÃa que os dierais prisa, pues su estado es grave —replicó el muchacho.
—Voy enseguida. ¡Qué le vamos a hacer! Todos tenemos nuestros pecados. A todos nos llega nuestra hora, amigo Richard.
—SÃ, sir Oliver, y ojalá que todos lleguemos a ella justa y honradamente.
Bajó el cura los ojos, y, murmurando una bendición que apenas pudo oÃrse, desapareció apresuradamente.
¡Él también! —pensó Dick—. ¡Él, a quién debo mi educación religiosa! ¿Qué mundo es éste, si todos los que por mà se inquietan son culpables de la muerte de mi padre? ¡Venganza! ¡Ay! ¡Triste suerte la mÃa si he de verme obligado a vengarme de mis propios amigos!