La Flecha negra
La Flecha negra
SIR DANIEL se hallaba en la sala, paseando malhumorado ante la lumbre y esperando la llegada de Dick. Nadie más habÃa en la estancia, a excepción de sir Oliver, y aun éste se mantenÃa discretamente sentado a cierta distancia, hojeando su breviario y musitando sus preces.
—¿Me habéis mandado llamar, sir Daniel? —preguntó el joven Shelton.
—En efecto, te he mandado llamar —respondió el caballero—. Porque… ¿qué ha llegado a mis oÃdos? ¿Tan mal tutor he sido para ti que te apresuras a difamarme? ¿O acaso porque me ves por el momento derrotado, piensas abandonar mi partido? ¡No era asà tu padre! Cuando le tenÃa uno a su lado, allà podÃa estar seguro de que se quedarÃa, contra viento y marea. Pero tú, Dick, me parece que eres amigo de los buenos tiempos solamente y buscas ahora el medio de desembarazarte de tu fidelidad.
—Permitidme, sir Daniel: eso no es asà —repuso Dick con firmeza—. Soy agradecido y fiel, hasta donde pueden llegar el agradecimiento y la fidelidad. Y antes de proseguir tengo que daros las gracias a vos y a sir Oliver; los dos tenéis derechos sobre mÃ… nadie con más derechos que vos, y serÃa un perro desagradecido si lo olvidase.
