La Flecha negra
La Flecha negra —No —respondió Dick—; perdonadme si os contesto con rudeza: pero lo cierto es que sabéis perfectamente cuán productiva es una tutorÃa. Durante todos estos años, ¿no habéis estado disfrutando de mis rentas y capitaneando mis hombres? No sé lo que eso os pueda valer; pero sé que algo vale. Perdonadme de nuevo, pero si cometisteis la vileza de matar a un hombre que estaba bajo vuestra guarda, acaso tuvierais razones suficientes para cometer acciones menos viles.
—Cuando yo tenÃa tu edad, muchacho —replicó con severidad sir Daniel—, jamás atormentaron mi espÃritu semejantes sospechas. Y en cuanto a sir Oliver, aquà presente —añadió—, ¿por qué habÃa de ser él, un sacerdote, culpable de una acción semejante?
—No, sir Daniel —exclamó Dick—; el perro va donde su amo le ordena. Sabido es que este sacerdote no es más que vuestro instrumento. Hablo con franqueza; no están los tiempos para cortesÃas. Del mismo modo que hablo quisiera que se me contestara. ¡Y, sin embargo, no se me da una respuesta categórica! Vos no hacéis sino volver a interrogarme. Os aconsejo que tengáis cuidado, sir Daniel, porque por este camino aumentáis mis dudas en vez de disiparlas.