La Flecha negra
La Flecha negra —Te contestaré con toda franqueza, master Richard —dijo el caballero—. Si pretendiera hacerte creer que no me enojan tus palabras, te engañarÃa. Seré justo, aun en mi cólera. Cuando seas un hombre hecho y derecho, y yo no sea tu tutor, y no pueda, por consiguiente, resentirme de ello, ven entonces con eso, y verás qué pronto te contesto como te mereces: con un puñetazo en la boca. Hasta entonces dos caminos tienes: tragarte esos insultos, tener quieta tu lengua y luchar entretanto por el hombre que te ha dado de comer y ha luchado por ti en la infancia, o si no… la puerta está abierta… de enemigos mÃos están llenos mis bosques… vete.
La energÃa con que fueron pronunciadas estas palabras, y las furiosas miradas que las acompañaron hicieron vacilar a Dick; sin embargo, no le privaron de observar que, después de todo, continuaba sin obtener respuesta.
—Nada hay que desee más ansiosamente, sir Daniel, que creeros —repuso—. Aseguradme que sois inocente de ello.
—¿AceptarÃas mi palabra de honor, Dick?
—La aceptarÃa —contestó el muchacho.
—Pues te la doy —contestó sir Daniel—. Por mi honor, por la eterna salvación de mi alma, y tan cierto como he de responder de mis actos en el otro mundo, afirmo que no tuve arte ni parte en la muerte de tu padre.