La Flecha negra
La Flecha negra Tendió su mano y Dick la estrechó con vehemencia. Ni uno ni otro se fijaron en el clérigo, quien, al oÃr pronunciar tan solemne como falso juramento, se levantó casi de su asiento en un paroxismo de horror y remordimiento.
—¡Ah! —exclamó Dick—. ¡Ahora es cuando debo apelar a la bondad de vuestro gran corazón para que me perdonéis! Me he portado como un verdadero insensato al dudar de vos. Pero os prometo que no volveré a dudar.
—Estás perdonado, Dick —repuso sir Daniel—. Tú no conoces el mundo ni su Ãndole calumniosa.
—Tanto más culpable me reconozco —añadió el joven—, cuanto que la villana acusación iba dirigida no a vos, sino a sir Oliver.
Volvióse, al hablar, hacia el clérigo e hizo una pausa en medio de su última frase. Aquel hombre alto, colorado, corpulento, recio de miembros, parecÃa en ese momento como materialmente deshecho; perdido su color, flojos sus miembros, sus labios balbucÃan oraciones. Y en ese instante, cuando Dick puso de pronto sus ojos sobre él, dio un fuerte grito, que más bien parecÃa alarido de animal salvaje, y escondió su rostro entre las manos.
En dos zancadas acudió sir Daniel a su lado y le sacudió furiosamente, cogiéndole por un hombro. Inmediatamente sintió Dick renacer sus sospechas.