La Flecha negra
La Flecha negra —¡SÃ! —exclamó—. ¡También debe jurar sir Oliver! A él era a quien acusaban.
—¡Jurará! —dijo el caballero.
Sir Oliver, mudo de espanto, agitaba los brazos.
—¡Ah, sÃ! ¡Tenéis que jurar! —gritó sir Daniel fuera de s×. AquÃ, sobre este libro —añadió, recogiendo el breviario que habÃa dejado caer el cura—. ¿Cómo? ¿No lo hacéis? ¡Me hacéis dudar!, ¡jurad, os digo, jurad! Pero el clérigo seguÃa sin hablar. El miedo que le infundÃa sir Daniel, mezclándose con su terror al perjurio, elevados al mismo grado, ahogaban su garganta.
En aquel preciso instante, a través de la alta vidriera de colores, que saltó en pedazos, penetró una flecha negra, que fue a clavarse en el centro de la larga mesa.
Dando un gran grito, sir Oliver cayó desvanecido sobre los juncos; mientras el caballero, seguido de Dick, se precipitaba hacia el patio y subÃa a las almenas por la más cercana escalera de caracol. Alerta estaban allà todos los centinelas. Brillaba plácidamente el sol sobre los verdes prados salpicados de árboles y sobre los poblados collados del bosque que limitaban el paisaje. No se descubrÃa señal alguna de que alguien sitiara la casa.
—¿De dónde vino esa flecha? —preguntó el caballero.