La Flecha negra
La Flecha negra —Del otro lado de aquel grupo de árboles, sir Daniel —contestó un centinela.
El caballero se quedó un rato pensativo. Luego, volviéndose hacia Dick, le dijo:
—VigÃlame a esos hombres, Dick; a tu cargo los dejo. En cuanto al clérigo, habrá de justificarse, o sabré qué razón hay que se lo impida. Casi empiezo a participar de tus sospechas. Jurará, yo te lo aseguro, o de lo contrario le haremos confesarse culpable.
Dick le contestó con cierta frialdad y el caballero, dirigiéndole una penetrante mirada, se volvió precipitadamente a la sala. Lo primero que hizo fue examinar la flecha. Era la primera que habÃa visto de aquella clase, y al volverla de uno y otro lado, su negro color le hizo sentir cierto miedo. También allà habÃa algo escrito… una sola palabra: Enterrado.
—¡Ah! —exclamó—. Saben, pues, que he regresado a mi casa. ¡Enterrado! ¡Bueno, sÃ; pero no hay entre todos ellos un solo perro que sea capaz de desenterrarme!
Sir Oliver habÃa vuelto en sà y se ponÃa en pie, no sin esfuerzos.
—¡Ay de mÃ, sir Daniel! —gimió—. ¡Qué espantoso juramento habéis hecho! ¡Estáis condenado para toda la eternidad!