La Flecha negra
La Flecha negra —La misma —replicó el caballero—. Por consiguiente, si queréis salvarle, salvadle; pero, si no queréis, ¡marchaos, os lo ruego, y dejadme en paz! Porque de haberme yo dejado llevar por un momento de arrebato, ya os hubiera atravesado con mi espada por vuestra intolerable cobardÃa y necedad. ¿Habéis escogido ya el camino que vais a seguir? ¡Hablad!
—Queda escogido —contestó el clérigo—. Que el cielo me perdone, pero voy a hacer un mal para evitar otro mayor. Juraré por salvar a ese muchacho.
—¡Es lo mejor! —dijo sir Daniel—. Mandad a buscarle, pues, inmediatamente. Le veréis a solas. Sin embargo, yo os vigilaré. Estaré ahÃ, en la habitación forrada de madera.
El caballero levantó el tapiz y lo dejó caer tras él. Se oyó el ruido de un resorte que se abrÃa, al que siguió el crujir de unos peldaños al subir alguien.
Al quedar solo, sir Oliver lanzó una medrosa mirada a la pared cubierta con el tapiz y se persignó con muestras de terror y contrición.
—Si es cierto que está en la habitación de la capilla —murmuró el cura—, aunque sea a costa de la condenación de mi alma he de salvarle.
Breves instantes después, Dick, llamado por otro mensajero, encontró a sir Oliver de pie junto a la mesa de la sala, pálido el rostro y en actitud resuelta.