La Flecha negra
La Flecha negra —Richard Shelton —le dijo—: Me has exigido un juramento. PodrÃa quejarme de tu conducta, podrÃa negártelo; pero el recuerdo del tiempo pasado influye en mi corazón y, por afecto, voy a complacerte. ¡Por la sagrada cruz de Holywood, te juro que yo no maté a tu padre!
—Sir Oliver —dijo Dick—: Cuando por vez primera leà aquel papel de John Amend-all, yo estaba convencido de ello. Pero permitidme que os haga dos preguntas: vos no lo matasteis, concedido. Pero ¿tuvisteis parte en su muerte?
—Ninguna —contestó sir Oliver, y al mismo tiempo que esto decÃa comenzó a hacer gestos y señas con la boca y las cejas, como si quisiera advertirle de algo pero no se atreviera a pronunciar una sola palabra.
Dick le contempló asombrado y, volviéndose, lanzó una ojeada en torno de la sala vacÃa.
—¿Qué hacéis? —preguntó.
—¿Yo? Nada —replicó el clérigo, dominándose rápidamente hasta recobrar su anterior aspecto—. No hago nada; es que sufro, estoy enfermo… Yo… yo…, por favor, Dick…, debo marcharme. Por la sagrada cruz de Holywood, te juro que soy inocente, lo mismo de violencia que de traición. Conténtate con eso, buen muchacho. ¡Adiós!
Y escapó del cuarto con extraordinaria rapidez.