La Flecha negra
La Flecha negra No podÃa haber error: aquel ojo vivo, que habÃa estado observándole a través del agujero abierto en el tapiz, habÃa desaparecido. La luz del fuego no brillaba ya sobre la superficie reflectora.
Instantáneamente se despertó en Dick el terror de su situación. Las advertencias de Hatch, las mudas y raras señas del cura; aquel ojo que desde la pared le habÃa espiado, todo se agolpó en su mente. Comprendió que se le habÃa sometido a una prueba, que una vez más habÃa revelado sus dudas, sus sospechas, y que, a menos que ocurriera un milagro, estaba perdido.
Si no logro salir de esta casa —pensó—, soy hombre muerto. Y también ese pobre Matcham… ¡a qué nido de basiliscos le he traÃdo!
Aún estaba pensando en ello cuando llegó un hombre a toda prisa para ordenarle que le ayudase a trasladar sus armas, sus ropas y sus dos o tres libros a otra habitación.
—¿Otra habitación? —repitió él—. ¿Y por qué? ¿A qué habitación?
—A una que está encima de la capilla —contestó el mensajero.
—Ha estado vacÃa mucho tiempo —observó Dick, pensativo—. ¿Qué clase de cuarto es ése?
—¡Ah! Pues excelente… —contestó el hombre—. Pero… —añadió bajando la voz— le llaman el de los duendes.