La Flecha negra
La Flecha negra
NADA NUEVO podÃa observarse desde las almenas. El sol iba al ocaso y, al fin, desapareció; pero ante los ojos ávidos de los centinelas no apareció alma viviente en las cercanÃas del castillo de Tunstall.
Cuando la noche estuvo bien avanzada, Throgmorton fue conducido a una habitación que daba a un ángulo del foso. Desde allà le bajaron con todas las precauciones; se le oyó agitar el agua nadando brevÃsimo rato; después se vio cómo un bulto negro tomaba tierra, valiéndose de las ramas de un sauce y arrastrándose inmediatamente por la hierba. Durante media hora sir Daniel y Hatch permanecieron escuchando ansiosamente; pero todo permanecÃa en completo silencio. El mensajero habÃa logrado alejarse sano y salvo.
Sir Daniel desarrugó el entrecejo y se volvió hacia Hatch.
—Bennet —le dijo—, como ves, ese John Amend-all no es más que un hombre como los demás; también duerme. ¡Ya daremos buen fin de él!
