La Flecha negra
La Flecha negra ¿Por qué le habían mandado a aquella habitación? Era mayor y más elegante que la suya. ¿No sería aquello más que una trampa en que le tendrían cogido? ¿Habría alguna entrada secreta? ¿Estaría, en verdad, poblada de duendes? La sangre se le heló en las venas al pensarlo.
Casi encima de él las fuertes pisadas de un centinela resonaban pesadamente. Sabía que debajo de él estaba la bóveda de la capilla y contigua a ésta se hallaba la sala. Indudablemente existiría un pasadizo secreto en dicha sala: el ojo que había estado observándole desde el tapiz era prueba de ello. ¿No era más que probable que el pasadizo llegara hasta la capilla y en tal caso que tuviese salida a su propia habitación?
Dormir en un lugar semejante, pensó, sería temerario. Preparó, pues, sus armas y se colocó en posición de usarlas, en un rincón del aposento, detrás de la puerta. Si algo tramaban contra él, vendería cara su vida.
Arriba, sobre el almenado techo, se oyó el rumor de numerosas pisadas, las voces del ¡quién vive!, y del santo y seña: era el relevo de la guardia.
Y precisamente entonces oyó también un rumor sordo, como si arañaran la puerta del cuarto; el ruido se hizo un poco más perceptible, y enseguida oyó susurrar:
—¡Dick, Dick, soy yo!