La Flecha negra
La Flecha negra Corrió Dick a la puerta, la abrió y entró Matcham. Estaba muy pálido y llevaba una lámpara en la mano y una daga en la otra.
—¡Cierra la puerta! —cuchicheó—. ¡Deprisa, Dick! Esta casa está llena de espÃas; los oigo seguirme por los corredores y respirar tras los tapices que guarnecen las paredes.
—Sosiégate —repuso Dick—; ya está cerrada. Por ahora estamos seguros, si es posible estarlo entre estas paredes. Pero me alegro mucho de verte, muchacho. ¡CreÃa que habÃas volado! ¿Dónde te escondiste?
—No importa eso —repuso Matcham—, puesto que estamos juntos; ya nada importa. Pero dime, Dick: ¿tienes los ojos bien abiertos? ¿Te han dicho lo que van a hacer mañana?
—No —respondió Dick—. ¿Qué van a hacer?
—Mañana o esta noche, no lo sé —añadió el otro—. Pero el hecho es que piensan atentar contra tu vida. Tengo pruebas de ello: les he oÃdo hablar en voz baja, y es como si me lo hubieran dicho.
—¡Ah! —exclamó Dick—. ¿Se trata de eso? ¡Ya me lo figuraba!
Y Dick contó entonces a Matcham detalladamente lo ocurrido.
Una vez que hubo terminado, se alzó Matcham y a su vez comenzó a examinar la habitación.