La Flecha negra
La Flecha negra —No —dijo—, no se ve ninguna entrada. Sin embargo, es absolutamente seguro que existe alguna. Dick, yo no me separo de tu lado, y si has de morir, moriré contigo… ¡Mira! He robado una daga. ¡Y haré todo lo que pueda! Entretanto, si sabes de alguna salida, de alguna puerta falsa que pudiéramos abrir o de alguna ventana desde la cual pudiéramos descolgarnos, estoy dispuesto a afrontar cualquier peligro para huir contigo.
—¡Jack! —exclamó Dick—. ¡Jack, eres el mejor corazón, el más fiel y más valiente de toda Inglaterra! Dame tu mano, Jack.
Y se la estrechó en silencio.
—Oye —continuó—: Hay una ventana por la cual se descolgó el mensajero que vino; la cuerda debe de estar todavÃa en la habitación. Siempre es una esperanza.
—¡Chitón! —exclamó Matcham.
Ambos escucharon. Por debajo del suelo se percibÃa un ruido; cesó un instante y luego volvió a comenzar.
—Alguien anda en el cuarto de abajo —cuchicheó Matcham.
—No —repuso Dick—. Abajo no hay habitación; estamos sobre la capilla. Ése es el que viene a asesinarme, que pasa por el corredor secreto. Bien; déjale que venga. ¡Mal lo pasará! —dijo, y rechinó los dientes.