La Flecha negra
La Flecha negra —No —replicó Dick—. Sir Daniel no se atreverÃa a revelar su secreto a tanta gente. Por la trampa es por donde huiremos nosotros, ¿oyes? El ataque a la casa ha terminado. ¡Quizá ni ataque ha habido!
Asà era, en efecto: se trataba de la llegada de otro gran grupo de fugitivos de la derrota de Risingham, que vinieron a estorbar los propósitos de sir Daniel. Aprovechando la oscuridad llegaron hasta la gran puerta, y estaban ahora descabalgando en el patio, con gran ruido de cascos y chocar de armaduras.
—Pronto volverá —dijo Dick—. ¡Corramos a la trampa!
Encendió una lámpara y juntos corrieron al rincón del cuarto. Fácilmente descubrieron la grieta, por donde todavÃa penetraba alguna luz, y cogiendo una gruesa espada de su pequeña armerÃa la introdujo Dick en la hendidura y se apoyó con fuerza en la empuñadura. La trampa se movió, entreabriéndose un poco, y al fin se levantó del todo. Cogiéndola a la vez ambos jóvenes, la dejaron abierta por completo. Vieron entonces unos cuantos escalones, y al pie de ellos, donde la dejara el hombre que se alejó sin cometer el crimen que se proponÃa, ardÃa una lámpara.
—Ahora —dijo Dick— ve tú primero y coge la lámpara. Yo te seguiré y cerraré la trampa.