La Flecha negra
La Flecha negra —¡Echad la puerta abajo! —ordenó sir Daniel.
Inmediatamente sus secuaces cayeron como furias sobre la puerta, a puñetazos y a patadas. Por muy sólida que fuese, por bien atrancada que estuviese, pronto habría cedido. Pero la fortuna, una vez más, vino en su ayuda.
Entre la atronadora tormenta de golpes sobresalió el grito de un centinela; a éste siguió otro y por todas las almenas se levantó un tremendo vocerío, que fue contestado por otro desde el bosque. En los primeros momentos de alarma pareció como si los forajidos del bosque asaltaran Moat House. Inmediatamente, sir Daniel y sus hombres desistieron del ataque contra el aposento de Dick y corrieron a la defensa de los muros exteriores.
—Ahora —exclamó Dick—, estamos salvados.
Con ambas manos se cogió al pesado y anticuado lecho y trató en vano de moverlo.
—¡Ayúdame, Jack! —gritó—. ¡Ayúdame con toda tu alma!
Haciendo un gran esfuerzo, entre los dos arrastraron la pesada armadura de roble a través de la habitación, apoyándola contra la puerta.
—No haces más que empeorar las cosas con esto —observó con tristeza Joanna—. Ahora entrarán por la trampa.