La Flecha negra
La Flecha negra —Ven acá —siguió él—, habla, Jack. Acércate, sé buena chica y dime que me amas tú también.
—¿Para qué, Dick? —repuso ella—. ¿EstarÃa yo aquÃ, si no?
—Pues bien, mira —continuó Dick—: Si de aquà salimos vivos, nos casaremos; y si hemos de morir, moriremos juntos, y todo habrá terminado. Pero ahora que recuerdo, ¿cómo encontraste mi cuarto?
—Pregunté a la señora Hatch —contestó ella.
—Bien, esa mujer es de fiar; no te descubrirá. Tenemos tiempo por delante.
Como para contradecir sus palabras, en ese mismo momento se oyeron pasos en el corredor y el violento golpear de un puño sobre la puerta.
—¡Eh! —gritó una voz—. ¡Abrid, master Dick, abrid!
Dick no se movió ni respondió.
—Todo está perdido —dijo la muchacha, echando sus brazos al cuello de Dick.
Llegaron más hombres que se agruparon en la puerta. Luego llegó el propio sir Daniel e instantáneamente cesó el ruido.
—Dick —gritó el caballero—. No seas borrico. Hasta los Siete Durmientes se hubieran despertado antes que tú. Sabemos que ella está ahà dentro. Abre la puerta, hombre.
Dick continuó en silencio.