La Flecha negra
La Flecha negra —¡Cómo te tiembla la voz! —exclamó Dick—. ¿Qué te sucede? Ha sido una verdadera suerte el que busquen a esa Joanna; ella hará que se olviden de nosotros.
—¡Dick! —exclamó Matcham—. ¡Estoy perdido! ¡Estamos los dos perdidos! Huyamos, si aún es tiempo. No descansarán hasta que den conmigo. O si no, déjame ir delante, cuando me hayan encontrado, tú podrás huir. ¡Déjame salir, Dick, buen Dick, déjame salir!
Buscaba a tientas el cerrojo, cuando, al fin, Dick comprendió lo que ocurrÃa.
—¡Por la misa! ¡Tú no eres Jack, tú eres Joanna Sedley! —gritó—. ¡Tú eres la muchacha que no querÃa casarse conmigo!
La muchacha se detuvo y quedó muda e inmóvil. Tampoco pronunció palabra Dick por unos momentos, hasta que, al cabo, continuó:
—Joanna: me salvaste la vida y yo salvé la tuya; juntos hemos visto correr la sangre, y hemos sido amigos y enemigos… sÃ… y con mi cinto te amenacé con darte azotes, creyendo siempre que eras un hombre. Mas ahora que estoy en las garras de la muerte y se acerca mi hora, debo decirte antes de morir: eres la muchacha más noble y más valiente que existe bajo el cielo, y si escapase con vida me casarÃa contigo muy gozoso; y, viva o muerta, te amo.
Ella no respondió.