La Flecha negra
La Flecha negra Hubo un momento de tregua. Dick exhaló un profundo suspiro; entonces, sólo entonces, se puso a escuchar el vocerío que acababa de interrumpir el cauteloso ataque del desconocido, y que más bien iba en aumento que otra cosa. Por todo Moat House resonaban las carreras, el abrir y cerrar de puertas, y entre todo este bullicio descollaba la voz de sir Daniel, gritando: «¡Joanna!».
—¡Joanna! —repitió Dick—. ¿Quién diablos será? Aquí no hay ninguna Joanna ni la ha habido nunca. ¿Qué significa esto?
Guardaba silencio Matcham. Se había apartado de su compañero. Sólo la débil claridad de las estrellas penetraba por la ventana, y en el extremo rincón del aposento, donde se hallaban los dos, la oscuridad era completa.
—Jack —dijo Dick—; no sé dónde estuviste todo el día. ¿Viste tú a esa Joanna?
—No —respondió Matcham—. No la he visto.
—¿Ni has oído hablar de ella? —inquirió Dick.
El rumor de pasos iba aproximándose. Sir Daniel seguía llamando a Joanna desde el patio.
—¿Oíste hablar de ella? —repitió Dick.
—Sí, oí hablar.