La Flecha negra
La Flecha negra Al final se hacÃa más angosto y bajo el pasadizo las escaleras seguÃan descendiendo; las paredes, a uno y otro lado, eran húmedas y viscosas al tacto; y frente a ellos, a lo lejos, oyeron chirridos y carreras de ratas.
—Debemos de estar en los calabozos —observó Dick.
—Y sin hallar salida por ninguna parte —añadió Joanna.
—Sin embargo, ¡una salida u otra debe haber!
Enseguida llegaron, en efecto, a un pronunciado ángulo, y allà terminaba el pasadizo en un tramo de escalones. En el rellano habÃa una pesada losa a modo de trampa, y contra ella aplicaron la espalda, empujando para levantarla. No lograron moverla siquiera.
—Alguien la aguanta —indicó Joanna.
—No lo creo —repuso Dick—, pues aunque estuviera sujetándola un hombre con la fuerza de diez, algo tendrÃa que ceder. Pero eso es un peso muerto, como el de una roca. Algún peso hay sobre la trampa. Por aquà no hay salida; ¡ah, Jack, tan prisioneros estamos como si tuviésemos grillos en los pies! Siéntate en el suelo y hablemos. Dentro de un rato volveremos, cuando acaso no nos vigilen ya tan cuidadosamente y… ¿quién sabe?, quizá podamos salir de aquà y probar fortuna. Pero, en mi pobre opinión, estamos perdidos.