La Flecha negra
La Flecha negra —Pues bien —continuó ella—, sir Daniel se apoderó de mà por sorpresa en el jardÃn y me obligó a vestirme con este traje de hombre, pecado mortal para una mujer, y que, además, no me sienta bien. Me llevó a caballo a Kettley, como viste, diciéndome que tenÃa que casarme contigo; pero yo, en el fondo de mi corazón, juré que con quien me casarÃa, aun en contra de su voluntad, serÃa con Hamley.
—¿SÃ? —exclamó Dick—. ¡Entonces tú querÃas a Hamley!
—¡No! —replicó Joanna—. Yo no le querÃa; pero odiaba a sir Daniel. Entonces, Dick, tú me auxiliaste, tú fuiste valiente y bondadoso, y, contra mi voluntad, te apoderaste de mi corazón. Ahora, si podemos lograrlo, me casaré gozosa contigo. Y si el destino cruel no lo permite, yo seguirÃa queriéndote. Mientras lata en el pecho mi corazón, te seré fiel.
—Y yo —repuso Dick—, a quien hasta ahora nunca importó un comino ninguna clase de mujer, me sentà atraÃdo hacia ti que eras un hombre. TenÃa lástima de ti sin saber por qué. Cuando quise azotarte me faltaron las fuerzas. Pero cuando confesaste que eras una muchacha, Jack…, porque Jack seguiré llamándote…, entonces sà que tuve la seguridad de que eras la mujer que habÃa de ser mÃa. ¡Escucha! —dijo, interrumpiéndose—: Alguien viene.