La Flecha negra
La Flecha negra
DICK APAGÓ apagó su lámpara para no llamar la atención, tomó escaleras arriba y traspasó el corredor. En la cámara oscura halló la cuerda atada a las patas de una pesadísima y muy antigua cama, que no habían cuidado aún de retirar. Cogiendo el rollo y llevándolo a la ventana, comenzó a bajar la cuerda, lenta y cautelosamente, en medio de la oscuridad de la noche. Joanna estaba a su lado; pero a medida que se extendía la soga y Dick continuaba arriándola, comenzó a sentir que el ánimo le flaqueaba, dudando ya de poder cumplir su resolución.
—Dick —murmuró—: ¿Tan hondo está? No puedo siquiera intentar bajar. Me caería, buen Dick.
Precisamente habló en el momento más delicado de la operación. Dick se sobresaltó, resbaló de sus manos el resto de la cuerda yendo a caer su extremo sobre el foso con estrépito. Instantáneamente desde las almenas superiores gritó la voz de un centinela: «¿Quién va?».
—¡Qué desgracia! —exclamó Dick—. ¡Ahora sí que estamos arreglados! Baja tú… Coge la cuerda.
—No puedo —dijo ella retrocediendo.
—Pues si tú no puedes, menos podré yo —repuso Shelton—. ¿Cómo voy a pasar a nado el foso sin ti? ¿Me abandonas entonces?
—Dick —murmuró ella—. No puedo. Las fuerzas me faltan.
